Contra Corriente

Paisajes sumergidos donde los peces habitan el borde entre vida, ruina y misterio.

Contra Corriente reúne una serie de variaciones pictóricas en las que Maritza Morillas explora el universo acuático desde una mirada poética y tensada. Aquí, los peces no son figuras naturalistas, sino cuerpos suspendidos en atmósferas densas, donde la luz vibra y el agua se convierte en territorio simbólico. Son seres que habitan lo profundo, ajenos al ruido de la superficie y a las catástrofes del mundo terrestre.

A través de colores vibrantes, arquitecturas sumergidas y escenarios fantásticos, la artista construye un espacio donde la vida acuática respira en su propio ritmo. No hay drama, sino una inquietante serenidad: una belleza que parece sostenerse en la tensión entre fragilidad y persistencia. En estas obras, el agua es memoria, refugio y frontera; y los peces, testigos silenciosos de un mundo que se transforma.

En estas obras, el agua es memoria, refugio y frontera; y los peces, testigos silenciosos de un mundo que se transforma.

Inmersión, 2012

“Todo lo que cae al agua encuentra otra forma de existir.”

En esta pieza, el cuerpo acuático no es huida ni refugio, sino transición. Morillas sugiere que el mar no absorbe, sino que transforma: en el agua la gravedad se suspende y las certezas se disuelven. La pintura convoca una serenidad inquietante, donde lo profundo no es amenaza, sino memoria.

Óleo sobre tela | 50 x 150.6 cm

Obra única.

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Peces solar I, II y III, 2012

“Un destello que emerge desde lo más profundo.”

“La corriente escribe sobre su piel un lenguaje secreto.”

“En lo sumergido también existe la posibilidad de brillar.”

En estas tres variaciones, Maritza Morillas convierte el cuerpo del pez en un territorio luminoso donde la pintura respira bajo el agua. No se trata de ilustraciones marinas, sino de presencias que emergen desde lo profundo, cargadas de una vibración que oscila entre lo orgánico y lo espectral.
La artista construye un paisaje sumergido donde la luz se refracta, el color se vuelve arquitectura líquida y el pez aparece como un testigo silencioso del mundo que se deshace en la superficie.
Cada obra es un fragmento de un mismo gesto pictórico: una exploración de la vida que persiste en lo oculto, en lo que no mira la tierra, en lo que nada contra corriente.

Óleo sobre tela | 30 × 30 cm

Obra única.

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El cebo, 2012

“Lo que atrae también amenaza.”

Esta obra plantea una tensión silenciosa: el pez rodea el señuelo como si intuyera su doble condición de alimento y trampa. Morillas construye un espacio donde la supervivencia depende de la lectura del signo, no de la fuerza.

Óleo sobre tela | 80 × 100 cm

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Manglar, 2012

“Las raíces sostienen lo que el agua no puede.”

La artista retrata un ecosistema anfibio donde la vida se aferra a la tierra y al agua simultáneamente. El manglar es cuerpo, soporte y frontera: un espacio que vive en la tensión entre hundirse y resistir.

Óleo sobre tela | 100 × 80 cm

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Pez herbáceo II, 2012

Un cuerpo que se disfraza para poder permanecer.”

Esta obra muestra la manera en que la naturaleza recurre al camuflaje como estrategia vital. El pez no se oculta: se integra. Morillas capta el instante en que el cuerpo se vuelve entorno para sobrevivir al entorno mismo.

Óleo sobre tela | 30 x 150 cm

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Pezacrilato, 2022

“El cuerpo del pez como superficie donde el tiempo deja cicatrices.”

En esta obra, Morillas utiliza el acrílico para acentuar la textura y el desgaste, como si el pez emergiera de una capa de sedimentos. No es un estudio naturalista: es un retrato donde el animal se convierte en archivo, en mapa de corrosiones, rasguños y pulsos de color que evocan el roce constante entre vida y entorno.
El ojo, intenso y abierto, sugiere alerta más que quietud: una conciencia silenciosa que habita en los restos del agua. Pezacrilato expone al pez como un cuerpo que ha sobrevivido al tiempo, y cuya superficie narra más de lo que la forma deja ver.

Acrílico sobre papel | 47 × 34 cm

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